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miércoles, 13 de mayo de 2015

Emma. 10



EMMA

5 años más tarde. 20 de Julio, 2047
11:31 am
Ubicación: Imprecisa (Estado de Canadá)

Papá se había dormido, pero llegué a la casa de los columpios tal y cómo él me había explicado en casa. No me equivoqué con ninguna otra, ya que esta tenía un enorme rotulo con ositos y muñecas, en la que había escrito “Casa de acogida: La mariposa feliz”, o algo así había dicho Papá. Caminé con cuidado para que mis pies descalzos no pisaran algún cristal o piedrecitas puntiagudas y subí las escaleras del portal, agarrándome a la barandilla. Miré la enorme puerta y me puse de puntillas, para rozar el timbre con los dedos. Papi tenía razón, con cinco años ya podía alcanzar el llamador. Y después de escuchar el timbrazo, esperé a que se abriera la puerta. Y cuando eso pasó, una señora con un gran moño en el pelo apareció tras ella, mirándome a través de unas gafas muy pequeñitas. 

-¡Dios mío! ¿Pero qué te ha pasado, pequeña?

Siguiendo las explicaciones de Papá, me cubrí los ojos y comencé a llorar.

-Hambe- expresé.
-Ay, cielito, no llores-me alzó en sus brazos y me acunó, intentando calmar mi falso llanto- ¿Dónde está tu casa? Una niña como tú no debería estar por la calle con este frío, ¡y menos descalza!-exclamó alarmada, al ver mis piececitos de un ligero color oscuro por el barro y la tierra del suelo. 

Inocentemente, señalé al otro lado de la carretera, en dirección a la espesura del bosque que se erguía en la otra acera. La señora del gran moño miró en esa dirección frunciendo el ceño y luego me miró, negando con la cabeza. Yo moví mi cabecita, asintiendo. Era una niña buena y siempre decía la verdad. 

-Vamos dentro, anda. Y ahora me explicas donde has dejado tus zapatos-y la señora cerró la puerta conmigo en brazos.

>>Finalmente, aquella noche dormí en una cama de verdad, tal y cómo me había prometido Papá. Era muy suave y calentita, y las sábanas olían a rosas. Antes de eso, la señora del moño me había dado de comer una sopa riquísima con pollo, mientras me hacía preguntas que no entendía. Pero gracias a Papá, que me chivaba las preguntas, conseguí que me dejara comer tranquila. Luego cené y acabé durmiéndome con la voz de fondo de la señora Ross-o así me había dicho Papá que se apellidaba- , hablando por teléfono. 

************

-Vamos Emma, levanta chiquilla-me despertó la señora Ross enérgicamente-¡Que el señor y la señora Vera deben estar al caer!

Emití algunos gruñidos y me enrosqué en mi misma, dispuesta a seguir durmiendo, cuando rememoré el especial motivo de aquel día. Miré el reloj y exclamé en cuanto vi que me estaba retrasando, salté de la cama y me dirigí rápidamente al lavabo, donde la señora Ross me estaba esperando con mi ropa en la mano. 

-¡Espabila chiquilla, que todavía has de desayunar y acabar de ordenar tu maleta!-me dejó la ropa encima de una silla y salió de allí con la rapidez de un relámpago. 

Me subí al alzador que tenía preparado y agarré el cepillo dispuesta a batallar con mi maraña de cabello azabache cómo cada mañana, mientras intentaba colar mi pie por una de las perneras del pantalón. 

Cada cosa a su tiempo, Emma. No debemos cometer errores hoy.

-Si papá-susurré, dejando el pantalón a un lado y centrándome en acabar de peinarme el pelo. 

Me puse de puntillas y observé mi cara, repleta de pequeñas pecas alrededor de la nariz y, siguiendo la rutina, las conté. Doce minúsculos lunares había, y ninguno parecía haberse marchado. Desde que Luna –mi compañera de habitación- me había contado que a ella le había desaparecido una gran peca que le gustaba mucho, me había asegurado de contarlas cada día. Después de eso, me atavié con un jersey color crema, unos tejanos y los zapatitos que me compró la señora Ross para la ocasión. Había tenido que esperar cinco años para poder ponérmelos, y con diez que había cumplido, al fin llegó el momento de dejar la casa de acogida. Puse la mano en el corazón, soplé hondo e intenté apaciguar el miedo que atesoraba mi interior. Todo iba a ser nuevo para mí, nada volvería a ser cómo hasta entonces… Y aquello me asustaba en gran medida.

-¡Emma! El desayuno está listo-informó Ross des de la cocina.
-¡Voy!-contesté, dejando todo bien ordenado y en su sitio.

Al llegar a la cocina, me encontré con Luna sentada en la mesa central, rodeada de pastelitos y cruasanes, y a la señora Ross junto a la encimera, preparando dos tazas de leche con Nesquick, siguiendo la rutina. 

-Emma, siéntate a mi lado-me indicó mi amiga con una gran sonrisa, dando golpecitos a la silla que había junto a ella.

Me senté a su lado y dediqué unos segundos a contemplarla: Tenía unos ojos azules y un cabello plateado que me encantaban contemplar, una sonrisa eterna en su rostro que admiraba y un carisma que veneraba. Su piel color miel contrastaba tímidamente con sus pequeñas pecas de niñez y poseía una nariz pequeña y respingona, igual de adorable que su pequeña boquita. Tenía un talante y una perseverancia respetable para una chiquilla de nuestra edad -diez años, ni más ni menos-, y una capacidad para escuchar que siempre venía bien en aquel lugar. 

-¿Tengo algo en la cara?-me preguntó, palpándose las mejillas.

Solté una pequeña carcajada y negué con la cabeza. 

-Aquí tenéis-la señora Ross posó las dos tazas delante de nosotras y nos alcanzó el paquete de cereales-. No os entretengáis cómo cada mañana, que hoy es un día muy importante para Emma y no le sobra tiempo para cotilleos matutinos.

Un gran revuelo en la sala contigua, gritos y quejidos acompañados por golpes y persecuciones dejaron en segundo plano las advertencias de la señora Ross. Esta bufó y salió disparada, dispuesta a poner orden a los rebeldes de mis compañeros, la mayoría mucho más pequeños que nosotras e inmensamente más maleducados e irritantes. 

-¡Te echaré de menos, Em!-se apresuró a decir Luna, en cuanto Ross salió por la puerta- No te olvides de mi, que yo nunca lo haré- me miró con los ojos ligeramente empañados. 

Conmovida, abrí los brazos y sonreí con ternura, a pesar de las pequeñas lágrimas que amenazaban con escaparse entre mis párpados. Luna se tiró a mis brazos y nos fundimos en un cálido abrazo, ajenas al escándalo que había en el resto de la casa de acogida, distantes a todo lo que nos envolvía. Las dos lloriqueamos y nos transmitimos todo el cariño que nos teníamos, el aprecio y el apego que sentíamos la una por la otra, en aquel duradero achuchón. 

-Te echaré de menos, Em, muchísimo, muchísimo…-gimoteó Luna sumergida en mi hombro.
-Y yo a ti, Luna. N-no te olvidaré jamás…Tengo tanto miedo, Luna, tanto miedo…-conseguí expresar entre hipidos- Quédate a mi lado, por favor-rogué con un reguero de lágrimas descendiendo por mis rosadas mejillas-, no quiero separarme de ti. 

Era cierto, estaba aterrada. Iba a comenzar una nueva vida, en un nuevo lugar, con dos personas que prácticamente no conocía, y todo eso lo experimentaría yo sola. Siempre había tenido a Luna a mi lado, para apoyarme en ella, o a la señora Ross. Pero en unas horas, estaría sola. 

-Mira-dijo entonces ella, metiendo la mano en el bolsillo de su bata. De este sacó dos pulseras de hilo, una de color morado y otra de color verde. Me tendió esta última-. Con esto nunca te sentirás sola y cuando estés asustada, mírala y acuérdate de mí-me la ató a la muñeca con facilidad y rapidez-, ¡Y acudiré a tu llamada, para darte el empujón que necesites!- y terminó el discurso con una gran sonrisa, de esas que tanto me animaban. 

Le devolví el gesto, más calmada y tranquila. La abracé de nuevo, deseando que aquel momento no acabara nunca, pero la señora Ross no parecía pensar lo mismo en cuanto volvió a entrar, con el moño alborotado y una expresión de reprobación en el rostro.

-¡Emma, espabila que se te hace tarde!-exclamó, gesticulando con sus brazos y haciendo bailar la flácida piel que colgaba de ellos- ¡Los señores Vera llegarán en cinco minutos!


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domingo, 8 de febrero de 2015

Emma. 9

****************

Entré como un vendaval en mi habitación, sin pararme a escuchar las quejas de las enfermeras ni las de Victoria, pidiéndome que me quedara en el hospital aquella noche. Agarré un pantalón y una camisa que tenía desperdigados encima de una silla y me metí en el baño. Me vestí con rapidez y salí de nuevo. Mi expresión neutra impactó a Victoria cuando le dirigí la mirada, mientras alcanzaba mi gabardina y me calzaba los zapatos. Me observaba con angustia, cómo si no supiera que decir, bajo el marco de la puerta. 

-Ismael… Es mi trabajo-dijo casi en un susurro.
-Y este el mío, Victoria. Guiar por el buen camino a los malaventurados. Devolver a Emma a los brazos de su madre-expresé, pasando por su lado- Gracias por haberme avisado-susurré con ironía. 

Y dicho aquello, me mentalicé en buscar a Emma. Esquivé a varias enfermeras y doctores que intentaban retenerme y salí a la carrera por la entrada principal. Dejé a un lado la sensación de vértigo y mareo que sentía en cuanto avanzaba un paso y el recuerdo de Victoria, y me centré en llegar hasta un local de alquiler de automóviles. Di con uno a un par de manzanas y con la rapidez que pude, llegué a un acuerdo con el dependiente y conseguí un coche para las próximas tres horas. Conduje por los lugares más inhóspitos de la ciudad a una velocidad insensata, sin saber realmente por dónde buscar. Mi cabeza funcionaba a mil por hora, sopesando sobre cómo podía haber desaparecido Emma, y el extraño arrebato que había sufrido por ir a buscarla fuera, sin pararme a pensar en que tal vez continuase dentro del edificio. Pero mi instinto me gritaba todo lo contrario. Conduje hasta los límites de la urbe, cuando me aparté de la carretera y paré en seco. Llegaba hasta mis oídos, un débil llanto. Bajé las ventanillas del coche y miré hacia todos lados frenéticamente, pero el berrido pareció esfumarse. 

-¿Qué?-me pregunté extrañado.

Me quedé mirando el volante del coche, sin saber cómo actuar. Me había parecido tan real… ¿Me estaré volviendo loco?-pensé. Me tapé las orejas y apoyé la frente en el volante, intentando hacer acopio de mis fuerzas. Y entonces, volvió a ocurrir. El berrido de un bebé que parecía bailar entre mi sien, rebotando entre las paredes de mi cráneo. Me erguí y saqué la cabeza por la ventanilla, dejando las orejas libres. Nada de nuevo, tan sólo el silbido del viento. Salí del automóvil y observé a mí alrededor. No había nada más que millas y millas de tierra árida y una sola carretera que llegaba hasta la siguiente ciudad. Pero volví rápidamente a mi asiento, cuando escuché una extraña canción que emitía la radio, que hasta entonces había permanecido apagada. 

-¿Qué diablos…?-murmuré moviendo la ruedecilla de las emisoras. 

En cuanto aquellas palabras brotaron de mis labios, la música cesó y la substituyó el llanto de bebé que tanto había estado buscando. Se escuchaba distante y ahogado, cómo si la criatura tuviese dificultades para llorar. Pero sin duda, identifiqué los berridos cómo los de Emma. 

-¡Emma!-golpeé la radio, sin entender que estaba ocurriendo- ¡Pequeña, no llores! Dios mío... ¡Por favor, seas quien seas, deja a la niña en paz!-vociferé, lleno de ira. 

Pero el llanto de Emma volvió a apagarse. Aquello parecía una tortura. Miré a la radio y apreté todos sus botones y giré las ruedecillas, suplicando por volver a escuchar a la pequeña. 

-Por favor, por favor…-repetía sin parar, hasta que una nueva melodía retronó en los altavoces del aparato. 

La desgarradora letra de Falling inside the Black, de Skillet, se coordinaba justo con la situación del momento, cómo si alguien quisiera que cada uno de aquellos acordes se clavaran en mi memoria cómo navajas afiladas. 

********

Falling in the black
Slipping through the cracks
Falling to the depths can I ever go back

Dreaming of the way it used to be
¿Can you hear me?
falling in the black
Slipping through the cracks
Falling to the depths can I ever go back
Falling inside the black
Falling inside falling inside the black

********

Le grité a la radio, ciego por la impotencia y la frustración, deseando que no se volviera a repetir el estribillo de la canción. 
>>Pero en mi interior ya sabía que aquella melodía me acompañaría junto al recuerdo de Emma, en cuanto la búsqueda de la criatura desistiera, un mes después. La rasgada voz del cantante velaría mis tormentosas noches entre pesadillas y pastillas para intentar olvidar el angustioso berrido de la pequeña, que jamás fui capaz de encontrar. 

Abatido, arranqué de nuevo el automóvil y volví a la carretera, de vuelta al hospital. Tal y cómo sentenciaba la canción, mi yo interior parecía estar cayendo dentro de un oscuro abismo, el cual parecía no tener fin. Atento al carril del camino, me llevé una mano a la boca y gimoteé cómo quien no tiene otra salida, dejando escapar un reguero de lágrimas sin poder retenerlas más tiempo. Mi integridad y mi fuerza de voluntad habían sido devastadas en los últimos días, y mi cuerpo no lo resistió más tiempo. Había traído al mundo un cuerpo muerto y frío, para luego presenciar cómo el organismo había vuelto a la vida, por un milagro divino. El recuerdo de Emma moviendo sus manitas después de haber permanecido muerta por unos minutos, me llenaba el alma de júbilo y alegría. Pero tal y cómo apareció en mi mundo, volvió a marcharse, sin dejar rastro alguno, más su desgarrador llanto. Sin duda, me había derrumbado en una profunda oscuridad, negra y sombría, cómo la mirada de Emma. 

La luminosidad de la entrada principal del hospital me cegó por escasos segundos. La figura de Victoria apareció tras las puertas, con una expresión de alivio en el rostro. Me apeé del coche y con paso ligero, llegué hasta ella y la rodeé con mis brazos. Seguramente presentaba un aspecto deplorable, con la nariz enrojecida y las mejillas mojadas, pero no me importó. Dejé que su perfume embriagase mis sentidos y los adormeciera, necesitaba dejar mi mente en blanco y ella era la única capaz de proporcionarme ese descanso. Esta, un poco sorprendida al principio, se relajó y me acarició la espalda en señal de apoyo.

-Daremos con ella-me prometió con una franca sonrisa-. Vamos, te sentará bien un café-me asió del brazo y dejé que me transportara donde ella quisiera. 

Pero la promesa jamás se cumplió. Emma nunca apareció.




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viernes, 16 de enero de 2015

Emma. 8



El sol ya comenzaba a ocultarse tras el horizonte, cuando desperté con el ensordecedor sonido de una bocina de policía que se filtraba por la ventana y por lo que parecía, un gran revuelo en los pasillos. Me levanté –ya me habían extraído la mayoría de cables del cuerpo- sintiendo cómo los engranajes de mi cuerpo volvían a ponerse en marcha y abrí la puerta. Agentes de policía iban y venían de un lado a otro, hablando con enfermeras y comunicando información a través de walkie talkies.

-Disculpe-le pregunté a uno de los agentes que pasaba en frente de mi puerta- ¿Ha ocurrido algo?

El hombre me miró de soslayo y fingió una sonrisa.

-Nada buen hombre, quédese en su habitación. No es más que una inspección rutinaria- se limitó a contestar y seguidamente siguió su camino.

Puse los ojos en blanco.

-Este se cree que soy imbécil…-susurré para mí mismo, mirando cómo se alejaba el agente.

Me adentré en la infinidad de pasillos que tenía el edificio, dispuesto a averiguar qué ocurría. Paseé por varias plantas, hasta que llegué a la planta de maternidad, donde extrañamente, el número de agentes por metro cuadrado había subido considerablemente.

-Señor Rodríguez, ¿no está usted muy lejos de su habitación?- preguntó una dulce voz a mi espalda.

Me giré y quedé de nuevo eclipsado por la luz que desprendía la figura de Victoria, que me miraba curiosa y esperando una respuesta. Boqueé como un pez, sin encontrar las palabras adecuadas para dirigirme a aquella ninfa de cabello de fuego que había aparecido ante mí, hasta que conseguí articular:

-Yo… Estaba buscando a una enfermera para comentarle que… Mi puerta del baño chirria demasiado y eso parece un festival heavy cuando entra corriente.

Conforme decía la excusa en voz alta, más extraña me había parecido. Rogué al Señor y miré de reojo a Victoria, esperando que se tragara mi coartada. Y para mi asombro, de sus labios se escapó una pequeña carcajada, que no pudo disimular a pesar de colocarse la mano en la boca. Aquel melodioso sonido me pareció el cantar de un ruiseñor o el de una coral de ángeles. Me sonrojé y disfruté de cómo sacudía mínimamente sus hombros al reírse.

-¿Un festival heavy? Jamás había escuchado eso-declaró con una sonrisa.
-Entonces deberías pasarte más a menudo por mi habitación-puse los ojos en blanco.

No caí en la cuenta de mi metedura de pata, hasta que vislumbré el creciente rubor que se dibujaba en las mejillas de Victoria.

-Ay, no, no, quería decir que… Vinieras más veces para escuchar la puerta crujir- rectifiqué, con las manos alzadas.

Victoria volvió a emitir una pequeña carcajada y miró el cuaderno que llevaba en la mano.

-Pues parece que voy a escucharla antes de lo previsto, pues hemos de acabar con el interrogatorio de esta mañana. ¿Qué le parece mañana?
-Por mí perfecto, no creo que vaya a moverme de allí hasta un par de días más.
-Bien, entonces dejando eso de lado… ¿Se puede saber que viene a buscar a la zona de maternidad, dos plantas más arriba de la suya? Porque creo que una enfermera para que le arregle las bisagras de la puerta no es- Victoria alzó una ceja y sonrió con un deje muy sensual, a mi vista.

Pillado y hundido, macho-pensé mientras me llevaba la mano a la nuca, dispuesto a decirle toda la verdad.

-De acuerdo, lo siento. Me lo he inventado-comencé a decir, viendo cómo la sonrisa de Victoria se ensanchaba-. Venía para saber el porqué de este despliegue policial- señalé a mí alrededor, repleto de agentes con chalecos azul oscuro con bordados que rezaban: “Departamento de Policía”.

Victoria observó el panorama y permaneció callada, tocándose el labio inferior con un dedo, cómo si meditara sobre si debía contármelo.

-Bueno, verá…-empezó, pero unos gritos al otro lado del pasillo la interrumpieron.
-¡¿Dónde está mi bebé?! ¡¿Por qué no me dejan verlo?! ¡Monstruos!-gritaba una voz femenina.

Los dos echamos a correr en esa dirección, hasta que nos encontramos con Claudia forcejeando con un par de agentes, que la agarraban por los brazos. Los gritos provenían de ella.

-¿Claudia?-me abrí paso y llegué hasta ella, seguido por Victoria.
-¡Padre! Oh, Dios mío, Padre Rodríguez… Dígales que me dejen pasar, por favor. Quiero ver a mi niña-me suplicó, intentando desasirse del amarre de aquellos dos armarios con chaleco.

Extrañado, me giré hacia Victoria.

-¿Porqué no la dejáis pasar?- le pregunté, mientras observaba a mi alrededor.

Sin darme cuenta, había llegado hasta la zona de incubadoras. ¿Por qué habían doblado el número agentes en aquella zona?
-¿Qué le habéis hecho a Emma?-volví a preguntarle, todavía más confuso.

Victoria respiró hondo y miró a Claudia, que la observaba como un animal encerrado en una jaula: Con temor e ira.

-Emma… Ha desaparecido- espetó.

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lunes, 8 de diciembre de 2014

Emma. 7



Finalmente, conseguí cerrar los ojos y dormir. 

Bien pasadas las doce, desperté, y recibí la visita de los dos agentes de policía. Pero para mí sorpresa, llegó con ellos una hermosa detective de cabello pelirrojo y ojos verdes, que trabajaba para el cuerpo policial. Jamás esperé la visita de aquel ángel, pues así me pareció al verla entrar en mi habitación, con el traje reglamentario ajustado y ese porte esbelto, desprendiendo una cálida luz a su paso. Fue ella la que comenzó el interrogatorio, exponiendo las palabras justas y las preguntas adecuadas, con tiento y espacio. 

-Dígame, padre, ¿fue usted quien estuvo al cargo de todo el proceso del parto?-su voz sonaba suave y las palabras se sentían cómo un bálsamo curativo.
-Llámeme Ismael, por favor. Y si, fui yo el que me ofrecí para llevar a cabo el alumbramiento. 
Victoria,-así era su nombre- apuntó algo en su libreta y volvió a mirarme.

-¿Se ofreció?- me preguntó con el ceño fruncido.
-Ninguno de los presentes había asistido a partos excepto yo, y había adquirido algo de experiencia. 
-Entiendo…-volvió a escribir en su cuaderno, pensativa. 

Continué respondiendo preguntas varios minutos más, hasta que uno de los agentes le susurró algo al oído de Victoria. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo al ver a aquel hombre tan cerca de ella. Esta asintió y se levantó del sillón que había al lado de mi cama. 

-Tendrá que disculparme, Ismael. Me ha surgido un imprevisto-dijo mientras guardaba el cuaderno en su bolso-. Volveré otro día. Le llamaremos con antelación, ¿de acuerdo?

Yo asentí y vi con cierta tristeza cómo aquel ángel se marchaba tras los agentes, con mirada decidida y una pequeña sonrisa. Chisté con la lengua y me obligué a desterrar esos sentimientos, pues por mi condición social, tenía vetado el terreno amoroso. Fue la primera vez que sentí rabia por ello. El crujir de la puerta al abrirse me distrajo de mis pensamientos y mi corazón saltó desbocado, esperando que fuese Victoria de nuevo. Pero la persona que surgió tras ella, era la que menos deseaba ver en esos momentos. Mi rostro cambió y crucé los brazos, con expresión de desprecio. 

-¿Qué haces aquí, Claudia?-pregunté con voz ronca- Tus policías ya se han ido. Si quieres saber algo sobre mí, pregúntales a ellos y mira sus libretitas, ya que de mí no vas a sacar nada- cada palabra que salía de mi boca me hacía sentir más liviano. Había acumulado mucha ira dentro de mí. 
-Eh… Yo…-intentaba encontrar las palabras adecuadas, pero después de mi primer asalto, parecía haberse quedado en blanco- Padre… Siento mucho por lo que está pasando. Entiéndame, tuve muchas dudas y por un momento, mi hija estaba muerta…-intentó contener las pequeñas lágrimas que se arremolinaban en sus ojos, al recordar la escena. 
-Y no ha hecho nada mejor que denunciar a los que la salvaron de morir en el parto, si logro entender- la corté, lleno de impotencia-. Emma habría muerto de no ser por las maravillosas personas que se ofrecieron a ayudar. ¿Quién habría querido ayudar a una mujer de parto en medio de una iglesia? Las posibilidades eran escasas para la pequeña. Pero usted quiso arriesgar su vida y la de Emma por su obsesión devota-Claudia boqueó como un pez, sin saber que decir-. ¿Deberíamos denunciarla a usted por conducta peligrosa? ¿O tal vez por poner en peligro otra vida? La demencia metal también está muy de moda en estos tiempos entre las denuncias, ¿no? Sumémosle eso además. 

Sonreí con prepotencia y miré la expresión estupefacta de Claudia. Estaba claro que no se esperaba aquel último “golpe”. Apretó los labios y finalmente explotó, agarrándose a la barandilla del final del camastro con fuerza y mirándome con furia. 

-¡Yo esto sólo lo hago por mi hija!-exclamó a pleno pulmón- Mi marido se marchó de casa, padre, y me dejó a pocas semanas de dar a luz. Me cambió por una muchacha de buen ver y curvas de infarto, sin dejarme nada más que la casa y una gran hipoteca que pagar-sus brazos temblaron y sentí cómo su cuerpo se convulsionaba por los hipidos del llanto-, y una niña en camino. No tenía a nadie, padre Ismael; mi familia se desentendió de mi cuando me casé y no tenía más amigos que los de mi ex-marido… Sólo tenía a mi querido Señor. 

Sentí cómo el corazón se me partía en dos y maldije mi conducta hasta ahora con ella. 

-Y para cuando llegó la hora, aunque supe que no era lo correcto, quise tener a mi pequeña Emma en una de las casas de Dios, su único padre verdadero- y sin poderlo resistir más tiempo, rompió en llanto. Cayó de rodillas al suelo y lloró con la frente pegada a la barandilla. 

-¿Porqué no me contaste eso, Claudia?-dije intentando reprimir las lágrimas, igual que ella. 

Abrí los brazos y la mujer se acercó limpiándose las mojadas mejillas, cómo una pequeña niña que ha tenido una pesadilla. 

-Porque no me dejó hablar, padre-articuló Claudia, mientras se dejaba mecer por mi abrazo. 

Le pedí perdón y los dos nos dejamos llevar por la paz que respiraba aquel momento, hasta que Claudia consiguió serenarse de nuevo. 

-¿Y cómo está Emma?- le pregunté justo antes de que saliera por la puerta. 
-Está en la sala de incubadoras, pero está más fresca que una rosa-la mujer sonrió y la perdí de vista tras la puerta. 

Tras aquella alborotada mañana, el sueño volvió a invadirme. Y soñé de nuevo con los oscuros ojos de la pequeña, que recorrían un pasillo vacío con una única figura frente a ellos. Una espeluznante figura oscura de ojos rojos carmesíes.

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lunes, 10 de noviembre de 2014

Emma. 6



-L-la niña…-consiguió decir entre balbuceos- está viva.

El padre Miguel se acercó a nosotros para contemplar más de cerca a la recién nacida, sin poder creérselo. Las monjas fueron las primeras en suspirar de alivio y dar la enhorabuena a Claudia, mientras esta intentaba incorporarse para ver a su pequeña. Me levanté junto a Lourdes y llegamos hasta la madre, que cogió a su bebé en brazos. Grandes lágrimas descendieron por sus mejillas y lloró de felicidad, al ver gimotear a su pequeña. 

-¡Es un milagro!-exclamó Lourdes, alzando los brazos.
-Dios jamás abandonó a tu niña en el camino de la vida, Claudia-informó el padre Miguel, acariciándole el hombro-. Has de estarle muy agradecida por haberla devuelto al mundo.

La madre asintió sin dejar de mirar a Emma. Me acerqué para verla más de cerca, pues todavía me corroía un sentimiento de inquietud. Era una niña preciosa, de piel rosada y mejillas grandes. Claudia me la enseñó colocándose a mi lado y, cómo si supiera que estaba allí, Emma abrió los ojos. Una sensación de congoja me apresó el cuerpo al ver los dos pozos negros que tenía la pequeña por ojos. No pude apartar la mirada de ellos, hipnotizado, como si de un dulce canto de sirena se tratasen. Tan siquiera sentí mis piernas flaquear y perder el control de mi cuerpo, hasta que mi cabeza impactó contra el frío mármol del suelo y perdí el conocimiento. Pero la oscuridad de esas pequeñas pupilas no me abandonó hasta que cerré los ojos, inconsciente. 

Pequeña Emma, viniste a mi mundo, sola y desamparada, pero te acogí en mi seno y te mostré el camino de vuelta. Y junto a ti, he renacido de las cenizas, para sembrar el caos y la discordia. No llores pequeña, shhhh… No llores. Yo te protegeré siempre. ¿Quién es ese hombre que te observa? Mírale bien, Emma, que se acuerde de mis ojos… Y de lo que les acompaña. 

***************

Un olor agrio inundó mis fosas nasales y noté mi lengua acartonada y áspera. Carraspeé varias veces, mientras abría los ojos con lentitud. Los rayos de sol se filtraban por la ventana e iluminaba toda la estancia. Era una pequeña habitación de paredes blancas y suelo grisáceo, con un par de sillas a cada lado de mi camastro y un robusto armario de madera en una esquina. Observé la mesilla que había a mi lado, en la cual había depositados mis objetos personales: unas llaves, el móvil y mi querido reloj de bolsillo. Agarré este último y miré la hora. Las manecillas marcaban las seis y cuarto, y por la luminosidad que entraba por la ventana, supuse que serían las seis de la tarde.
¿Qué me ocurrió ayer?- me pregunté, intentando recordar los hechos. Pero unos golpecitos en la puerta me desviaron de mis ensoñaciones. Tras esta apareció la tranquila figura del Padre Miguel, que al verme despierto, su rostro pareció iluminarse.

-¡Ya está despierto!-exclamó hacia el exterior. 
-Buenos días- saludé, agradeciendo su presencia.
-Muchacho, nos tenías muy preocupados-me informó, sentándose en una de las sillas.

Sonreí y me disculpé, mientras saludaba a Lourdes y Helena, que entraron tras el padre Miguel. Como dos torbellinos, desplegaron sobre mi cama un gran surtido de magdalenas y dulces varios, mientras me contaron que sucedió después de mi desmayo.

-Nos asustamos muchísimo cuando te desplomaste en el suelo. No te movías, ni parecías respirar-dijo Lourdes, con una expresión de angustia. 
-Los médicos llegaron pocos segundos después y te atendieron, antes que a Claudia y todo-prosiguió Helena, devorando un pastelito de crema de los que habían traído-. Cuando verificaron que había sido un desmayo y que ninguno de tus órganos vitales estaba dañado, os llevaron a Claudia con su bebé y a ti al hospital.

-¿Cómo se encuentran ellas?-pregunté, con un deje de preocupación.
-Están perfectamente, aunque han aislado a E mma en la sala de incubadoras-declaró el padre Miguel, que escuchaba con atención la conversación-. Han de acabar de hacerle una serie de pruebas, para verificar si su organismo funciona correctamente.
-Entiendo…

A lo largo de la tarde descubrí que había dormido dos días enteros y lo que había sufrido era un desmayo por estrés, o eso declararon los médicos tras los hechos, ya que no le encontraban otra explicación. Me contaron que la policía había hecho una redada por el convento y los departamentos parroquiales, investigando a cada uno de los componentes que estuvieron en presencia del parto de Emma. Al parecer, Claudia había reclamado una denuncia contra la iglesia, supuestamente, por “intento de asesinato hacia un recién nacido”. No podía creérmelo, hasta que recibí una llamada, a altas horas de la noche, del Departamento de Policía del condado, alegando que al día siguiente recibiría la visita de dos agentes, para someterme a un interrogatorio pacífico. Si no fuera por los cables intravenosos que me impedían moverme, habría salido de mi habitación y buscado a Claudia, le habría interrumpido su sueño y le habría incriminado esa falta de respeto, por los que intentaron salvar a su hija de un parto del cual podría no haber sobrevivido. Pero en lugar de eso, me quedé postrado en la cama, con los nervios a flor de piel y la impotencia corriendo por mis venas. Pensé en la maldad que corroía a las personas, siempre dispuestas a saltarte a la yugular en cuanto tuvieran ocasión. Y en este caso, para ganar el mayor de los pecados que había consumido al ser humano: el dinero. Aquella noche apenas pegué ojo, recordando los oscuros ojos de Emma y el terror que me infringían; y las penas que deberían de estar pasando en el convento, para sacar adelante la iglesia si acababan por demandarnos. Pero todo pasó cuando los primeros rayos aparecieron tras el horizonte, y la oscuridad desapareció. Finalmente, conseguí cerrar los ojos y dormir.

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miércoles, 15 de octubre de 2014

Emma. 5



El cuerpo de la pequeña no se movía, y la imagen del cuerpo ensangrentado e inerte del bebé con la cabeza aún sumergida dentro de su madre, me acompañaría el resto de mis días. Y el de mis pesadillas.

-Vamos Claudia, un empujón más.

Con una mano sostuve el cuerpo de la pequeña, que ya sobresalía hasta el cuello y con él, el cordón umbilical; y con la otra agarré las toallas que había dejado en el suelo Helena. La cubrí con la tela, y tiré ligeramente hasta que la cabeza consiguió salir de la matriz.

-¡Padre!-gritó Helena, que volvía a entrar por la puerta en que minutos antes había salido- ¡Aquí esta todo!
-Llegas a tiempo, ¡rápido!-le mostré el cuerpo de Emma, lleno de sangre y entre los dos, lo sumergimos un poco en el barreño de agua. Con una habilidad magistral, Helena colocó las pinzas un tanto separadas en el cordón, y cortó justo en el hueco que había entre ambas.

-Ya está-dijo.

Le agradecí la gran ayuda y continué lavando el cuerpo de Emma, pero esta no emitía ningún sonido. Le dí una palmada en las posaderas, pero el llanto no llegó. Tragué saliva. La niña no daba señales de vida.

-Padre Ismael,¿dónde está mi pequeña? Por favor, quiero verla-me rogó Claudia, exhausta.

Las monjas me miraron con expresiones desencajadas, al verme con el feto sin vida entre mis manos. Su cuerpo seguía ligeramente manchado de sangre, a causa de la hemorragia interna de la madre. El pequeño cuerpecito de Emma se iba enfriando cada vez con más rapidez, y su tono de piel rosado fue tornandose blanquecino. Rogué a Dios por que aquel ser tan vulnerable abriera los ojos y berrease como cualquier recién nacido. Pero parecía como si aquel día, el señor me hubiese dejado tirado en la más negra oscuridad, pues el milagro no llegó, y tan sólo quedó el silencio. Acaricié el cuerpo, intentando hacerle entrar en calor, como última esperanza.

-¿Y mi niña?-preguntó de nuevo la madre, intentando incorporarse. Sabía que algo no iba bien.

Seguí acariciando con una fuerza mesurada el cuerpo inerte de Emma, pero a cada caricia que le regalaba, mis esperanzas se iban esfumando. Y sin poder ocultarlo, estallé en llanto. Nadie se atrevió a consolarme, todos parecían demasiado conmocionados, hasta que la voz sanadora del padre Miguel me arrolló:

-No te culpes, Ismael. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos-me tomó del hombro y me obligó a mirarle-. Esta criatura está ahora en manos de Dios.

Bajé la cabeza, abatido. Lourdes vino en mi ayuda y tomó a Emma entre sus brazos. La acompañé hasta el banco más cercano y allí nos sentamos, mientras veíamos al padre Miguel acercándose a Claudia. Esta, al verlo, le volvió a preguntar por su hija, pero lo único que él pudo decirle, fue darle su más sentido pésame.

-¿Q-qué esta diciendo, padre?-balbuceó.

La mujer se incorporó a duras penas, y dirigió su vista hacia el montículo de toallas que descansaba en el regazo de Lourdes.

-Mi niña… Esa es mi niña, ¿verdad? Traédmela. Quiero verla-dijo con una claro timbre de urgencia.
-Señora, no debería…-intentó calmarla una de las monjas.
-¡Que me deís a mi hija!-gritó entre lágrimas, colérica, pataleando e intentando zafarse del agarre de las monjas-¡Dádmela!
-¡Cállese, mujer!-el padre Miguel la zarandeó por los hombros con violencia-Su hija está ahora con el Señor…-su voz se volvió débil- Usted ya no puede hacer nada para evitarlo. Asúmalo.

Las duras palabras del hombre nos impactaron a todos con una gran contundencia. Pero sabíamos que él tenía razón. Debiamos aceptarlo. La mujer no pudo evitar echarse a llorar y su sonoro llanto se elevó por todo el recinto. Parecía una cruel melodía, repleta de desgarradoras notas y un ritmo descorazonador. Era la triste balada de una mujer a la que le había arrebatado su luz más preciada, su centro de felicidad y dicha.

-Padre Ismael-la hermana Ana entró de nuevo a la sala, blanca como la nieve- La ambulancia está entrando por el patio principal de los departamientos parroquiales.

La hermana, al ver el pequeño bulto de mantas que llevaba Lourdes sobre sus piernas se tapó la boca con una mano.

-Dios mío…-miró a la madre, que lloraba desconsoladamente sobre el altar, abrazada a las monjas que la rodeaban- Virgen santa…

Se sentó junto a Lourdes, con la vista perdida en la turbadora escena que presenciaba.

-La ambulancia…-dije- Que paren la maldita bocina de la ambulancia- rogué.
-Padre…-Claudia se levantó del altar, con los ojos como platos y la nariz moqueando- No está sonando la bocina…No es la ambulancia.

Todos enmudecimos, escuchando el verdadero timbre que me estaba taladrando las entrañas. Miramos a Lourdes, con una cara entre asombro y espanto y esta, con los ojos como platos, levantó el bulto que descansaba sobre su regazo: Un estridente llanto provenía de él.

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viernes, 10 de octubre de 2014

Emma.4



-Emma está saliendo de culo- informé sin ningún pudor.

La monja se llevó las manos a la boca y ahogó una exclamación, mirando los pequeños deditos de pies que sobresalían por la entrada de Clauda. 

-Padre Miguel, ¿Qué ha traido para morder?-giré la vista hacia él.
-No encontraba nada parecido a lo que me pediste, así que cogí una de las toallas pequeñas del baño-me tendió un pequeño trozo de tela de color rosado. 
-Es perfecto-dije, enrollándolo hasta que adquirió una forma cilíndrica. 

Me dirigí hasta Claudia y le enseñé el trapo. La mujer respiraba con dificultad y tragaba saliva con mucha frecuencia. Estaba deshidratándose. 

-¿Cómo está mi pequeña?-preguntó casi cómo una súplica.
-Vas muy bien Claudia. Quiero que muerdas este trapo, así no forzarás tanto la mandíbula-le expliqué- y así habrá menor riesgo de que te muerdas la lengua con las contracciones. Las tienes muy fuertes. 

La mujer asintió y le coloqué con cuidado el trapo en la boca. Seguidamente, volví con Espe y Lourdes, que sujetaban las piernas de Claudia, mientras que el padre Miguel rezaba cerca del altar. 

-¡Queda poco tiempo, padre!-me advirtió Lourdes, con los ojos como platos al ver las piernecitas de Emma saliendo por la matriz. Se veían de un color rosado oscuro, envueltas en finos chorretones de sangre. 

-Espe, por favor, acercame el barreño de agua que ha traído la hermana.

Tomé aire y exhalé con lentitud, mientras agarraba con cuidado las débiles extremidades de Emma. Pero al momeno las aparté. Se sentían frías y flácidas.

-Mierda…-susurré, pero las monjas más cercanas me escucharon y fruncieron el ceño- ¡Claudia!- grité, asomándome por la tela del vestido-¡Aprieta! ¡Rápido!-le urgí. Había que sacar a la pequeña de inmediato. 

Claudia rugió y tensó todo su cuerpo. Sostuve las piernecitas de Emma y tiré en cuanto las paredes de la matriz se abrieron paulatinamente. La sangre comenzó a brotar con más intensidad, llenando el dobladillo de mis pantalones y mis zapatos nuevos. Maldije por ello, pero me obligué a centrarme. 

-Lourdes, traeme las toallas.

La hermana asintió y desapareció de mi visión. Otro grito de Claudia me hizo estremecer. 

-¡Vamos Claudia! ¡Tú puedes!-giré la vista al padre Miguel, que miraba la escena con el rostro pálido- ¿¡Dónde está Ana con la ambuláncia!?-le grité.
-La hermana Ana ha tenido que excusarse, és hemofóbica, y con ver lo que se estaba formando en el altar… Se ha mareado. Pero me ha dicho que la ambuláncia tardará unos diez minutos-alegó Lourdes, con las toallas en la mano.
-De acuerdo. Lourdes, escúchame: abre una de las toallas y quedate a mi lado. En cuanto saque a Emma, la meteremos en el barreño para lavarla y seguidamente la abrigaremos con las toallas. 

La monja asintió.

-¿Y qué hacemos con el cordón umbilical?-preguntó la hermana más cercana a nosotros, que sujetaba uno de los muslos de Claudia.

Lourdes y yo nos miramos, con los ojos como platos. No habíamos caído en ello. 

-¡Demonios!-exclamé, frustrado. Debía pensar con rapidez. 
-Padre, yo sé cómo extraer el cordón umbilical-informó una de las monjas. Asía la mano de Claudia con fuerza, dándole todo el apoyo que podía. 
-¿De verdad?-la luz de la esperanza iluminó mi rostro-¡Acércate!¡Aprisa! Lourdes, substituyela.

Las hermanas cambiaron los puestos, y la novicia se colocó a mi lado, con las toallas que le había dado Lourdes.

-¿Cómo te llamas?-le pregunté.
-Helena, padre-respondió con un hilillo de voz, al ver la sangre que manaba de la matriz, y las lánguidas piernas rojizas de Emma.
-Esta bien, Helena. Explícame cómo se corta… “eso”-le dije con urgencia, pues el cuerpo de la pequeña ya había salido hasta el ombligo. 
-Necesito dos pinzas, padre Ismael, y unas tijeras pequeñas para cortarlo. Pero las pinzas han de ser las adecuadas para esto-me aclaró-. Sé donde se guardan, puedo ir a buscarlas.

Asentí con rapidez, mientras veía a la hermana dejar las toallas en el suelo.

-Vuelve pronto, Helena. No queda mucho tiempo- la miré con súplica, sabiendo que tal vez, cuando lograra sacar a la pequeña Emma, ya tan siquiera haría falta cortarselo. 

Helena salió corriendo hacia la puerta por donde había entrado yo, y desapareció de allí.

-¡Duele mucho, padre!-exclamó Claudia, con grandes gotas de sudor corriéndole por el rostro. 
-¡No dejes de empujar Claudia! Ya casi no queda nada-la animé.

El cuerpo de la pequeña no se movía, y la imagen del cuerpo ensangrentado e inerte del bebé con la cabeza aún sumergida dentro de su madre, me acompañaría el resto de mis días. Y el de mis pesadillas.


  
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viernes, 3 de octubre de 2014

Emma.3



Había tomado una decisión. Con paso firme, me acerqué hasta ella y le acaricié la frente.

-¿Cómo se llama tu pequeña, Claudia?-le pregunté con voz dulce.
-Emma, Emma-repitió entre bocanada y bocanada de aire- Se llama Emma.
-Vamos a sacar a Emma,¿de acuerdo?-caminé hasta el tumulto de hermanas que se congregaban alrededor de las piernas abiertas de Claudia.

Comencé a dar ordenes.

-Lourdes, trae un barreño lleno de agua; Espe, toallas, preferiblemente viejas pero limpias; Ana, llama a una ambuláncia, no tenemos utensilios necesários para detener la hemorrágia; padre Miguel, tráigame algo para moder; y las demás… Sujéntenla-ordené, con voz fría. Necesitaba mantenerme la calma en todo momento.

Todos asintieron y se pusieron en marcha. Tan sólo unos pocos nos quedamos en la nave, escuchando los pasos de nuestros compañeros, que salían a la carrera de la sala, en busca de los utensilios que les había pedido.

-Bien, Claudia, ¿me oyes?-pregunté, asomándo la cabeza por encima del vestido. La mujer asintió con rapidez- Perfecto. Cuando te avise, quiero que aprietes, ¿me han entendido? Ni antes ni después.

Un débil “sí” surgió de la boca de Claudia. Miré a las hermanas que se habían quedado para sujetar a la mujer.

-Cuando avise a Claudia para que apriete, vosotras debéis sujetarla con fuerza. Una mujer de parto posee una fuerza inmesurable-informé.

Todas asintieron con una débil expresión de miedo en sus rostros. Siguieron tranquilizando a Claudia con palabras dulces, mientras yo esperaba el momento propicio en el que los músculos interiores de ella llegasen a su distensión máxima.

-Lo estás haciendo muy bien, Claudia-le dije. Necesitaba que se relajase- Quiero que respires conmigo- comencé a inspirar con fuerza, para que me oyera- Inspira…-cuando escuché cómo Claudia me seguía, solté el aire poco a poco- Expira… Otra vez, Claudia. Inspira…Expira… Inspira… Expira.

Las monjas también nos acompañaron, dando ánimos a la mujer. Cuando ví que los músculos empezaban a estirarse, grité:

-¡Ahora Claudia! ¡Aprieta!

Las monjas la sujetaron cuando empezó a gritar por el esfuerzo. Su cuerpo temblaba cómo una hoja mecida por el viento. Un rugido manó de su boca y rebotó por todos los recobecos de la sala. Era desgarrador.

-¡Sigue así! Lo estás haciendo muy bien- informé, al empezar a ver unos pequeños deditos de pie por la obertura. Pero entonces rectifiqué. Emma estaba saliendo en la posición errónea, y eso no era nada bueno. Si el bebé no salía de cara, significaba que se estaba ahogándo dentro.

-¡Mierda!-exclamé, entrando en pánico.

Justo en ese momento, entraban el padre Miguel, Espe y Lourdes con los recados en la mano. Corrieron en mi busca al escuchar la blasfemia que acababa de soltar. Espe fue la primera en llegar, dejándo las toallas en el suelo.

-Emma está saliendo de culo- informé sin ningún pudor.

La monja se llevó las manos a la boca y ahogó una exclamación, mirando los pequeños deditos de pies que sobresalían por la entrada de Claudia.

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martes, 30 de septiembre de 2014

Emma. 2


-Como quieras, pero has de venir conmigo. Ha surgido un problema en la sala principal de la iglesia-informó.
-¿Un demonio?-¿para qué iban a llamarlo, si no?
-Ni lo menciones, muchacho-levantó una mano, en señal de advertencia- Pero no. No se trata de un demonio-me agarró por la sotana y me obligó a levantarme, saliendo casi en volandas de mi despacho- Acompañame.

No pregunté nada más. Podía sentir lo alterado que se encontraba el padre Miguel, y preferí no hacerlo enfurecer. Cuanto más nos acercábamos, con más claridad podía escuchar unos gritos desgarradores provinentes de la sala de la misa. Miré alarmado al padre Miguel y salí disparado a la carrera. Los berridos cada vez se hacían más intensos, incluso podía distinguir que eran de mujer. Recorrí el patio principal de los departamentos parroquiales y pasé por un escueto camino de olmos hasta llegar a la puerta trasera de la iglesia. Rugidos de dolor resonaban entre las paredes, y para cuando llegué a la nave central, tenía que ir con las manos pegadas a las orejas. Eran sollozos devastadores, y el eco de la gran nave no ayudaba a disiparlos, precisamente. En un sprint llegué hasta el cúmulo de monjas que rodeaban el altar sagrado, pero lo que vi encima de él me detuvo en seco. Una mujer sudorosa y con la cara empapada por las lágrimas, gritaba presa por el dolor que inflingía su hinchado vientre, a punto de dar a luz. Su alrededor se había teñido de fluidos y pestilente sangre, seguramente por una hemorragia interior. Era una imagen más que perturbadora.

-¡Padre Ismael!- gritó una de las monjas, Espe. Su rostro se había vuelto blanco cómo la nieve y unas profundas ojeras se vislumbraban bajo los ojos- Mis hermanas y yo nos despertamos a causa de unos alaridos, y al ir a ver, nos encontramos con esta mujer tirada en el suelo. Ya había roto aguas cuando la encontramos-informó.
-Se llama Claudia-prosiguió Lourdes, otra de las monjas. Ésta presentaba el cuerpo en tensión, asiendo a Claudia de los brazos-. Es una de las voluntarias del comedor, padre. Una mujer muy debota, por lo que me han contado.

Claudia se sacudió y tuvo otra contracción. Rugió de dolor y pataleó, sollozando como una cría. Todos enmudecimos.

-¡Sacádmela de una jodida vez!-exclamó con voz gutural.
-Tienen razón, muy debota-dije, intentando relajar el ambiente.

Las monjas me miraron y unas pusieron los ojos en blanco, mientras que otras simplemente bufaron. No había dado resultado. Nota mental: No bromear en un parto.
Espe se acercó a mí y me cogió de las manos.

-Tan sólo usted tiene experiencia cómo matrona, padre Ismael. Por eso le hemos llamado-explicó, mirándo a un lado de la sala.

Dirigí mi vista hacia dónde miraba la hermana y vi la figura del padre Miguel, que se acercaba con paso imponente.

-Sé que para ser muy joven, has adquirido mucha más experiencia que cualquiera de nosotros en ese campo-declaró el, avanzando hasta el altar. Le susurró algo a Claudia al oído y esta se relajó, le miró y asintió.

-Tan sólo he presenciado tres partos y en uno de ellos simplemente ayudé a tirar del niño-aclaré, entrando en pánico. Jamás había llevado un parto yo sólo.

Miguel me miró y posó una mano en mi hombro, dándome fuerzas.

-Pues ya sabes más que nosotros, muchacho-aclaró.

Lo miré atónito. El sacerdote más sabio de aquella parroquia, y jamás había participado a contribuir en el acto más importante del ser humano: el nacimiento.
Suspiré y me llevé las manos a la cabeza. Debía mantener la calma.

-Por favor, padre Ismael- gimoteó una vocecilla. Claudia me miraba, intentando controlar las contracciones- Por favor-suplicó, con las pocas fuerzas que le quedaban-, salve a mi pequeña.

Apreté la mandíbula. La mujer presentaba un aspecto demacrante, abatido. Su tez rosada se había vuelto blanquecina, apagada; su cabello castaño se le pegaba a la frente y caía pegado al cuello hasta los hombros. Su respiración era irregular y se sujetaba el vientre con fuerza, mientras sus piernas temblaban cómo castañuelas. Llevaba un vestido azul marino precioso, que se había echado a perder por culpa de la sangre. Pero por la determinación que se vislumbrava en el rostro de Claudia, eso no le importaba. Ni el dolor que sentía hasta las entrañas, cómo mil agujas clavándose en su piel. Sólo le importaba ver a su bebé en sus brazos, sollozando cómo lo había echo ella minutos antes, con el color rosado de la piel que la que ella carecía en esos momentos.


 Emma.1
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viernes, 26 de septiembre de 2014

Emma. 1

¡Hoy os traigo la primera entrada de nuestra pequeña prota Emma! Pero claro, por circumstancias que todavía no conocéis, nuestra pequeña todavía no saldrá en la historia. En lugar de ella, estará mi segundo prota de esta historia (Lena! Un hombre! jejejeje ;), que desde su punto de vista, vislumbrará la vida de Emma. Disfrutad, y leer!

El despacho se había sumido en un catártico silencio, liberando de aquel estado incómodo tan solo al susurro de la lluvia que repiqueteaba en la ventana. Lo único que iluminaba la estancia era mi candelabro repleto de velas y un farolillo de mesa. Era de gustos antiguos, lo admito. Sentado frente al escritorio, buceaba entre mis pensamientos, buscando las palabras adecuadas para plasmarlas en el papel blanco que tenía al frente, pero parecía que hoy ni siquiera había recibido la gracia del Señor. Me pasé las manos por la cabeza, exhausto, y decidí levantarme y darme un descanso. Me acerqué a la gran librería que se erigía a un lado de mi humilde despacho y me paré a contemplar todos y cada uno de los volúmenes. Pasé la mano por los lomos, y de cada libro venían a mi mente imágenes precisas de sus lecciones sobre demonología. Los había leído todos. Seguidamente, me acerqué a una mesilla en la que descansaba un pequeño jarrón repleto de humeante café, y vertí un poco sobre una taza. Me la llevé a los labios y sentí el chispazo de la cafeína recorriendo mi boca, el calor del líquido descendiendo por mi garganta y cómo mis sentidos se agudizaban. Suspiré de júbilo. Aquel brebaje me devolvía la cordura y parte de él me hacía sentir el cuerpo en plena eufória, cómo cuando practicaba exorcismos. Des de pequeño, supe que había nacido para ellos.
>>Había nacido en una familia católica, de una religiosidad inquebrantable. Mis padres eran el modelo perfecto de pareja cristiana, debotos y fieles a sus creencias, hasta rozaban la obsesión. Mi madre, María López, era una mujer recta y pulcra, siempre ciudándose sus modales y su forma de vestir, cuanto más casta, mejor. Amaba a mi padre con cariño y devoción, y era la “mujer de casa” perfecta.
Mi padre, Guillermo Rodríguez, era todo un cabeza de familia. Estricto e imponente, siempre dispuesto a llevarme por el camino del señor a base de bofetadas.
Recordaba como si fuera ayer, todas las noches que pasaba en vela rezando a nuestro Señor, cuando mi mente de pequeño explorador deseaba desobedecer las estrictas leyes que imponían mi padres. Y por la mañana, aparecía con moratones en las rodillas y apenas podía caminar.
>>Y fue entonces cuando descubrí la demonología. Jamás pedí perdón a mi padre por haber tirado la pila de libros que descansaban sobre su cama, al intentar coger el libro de demonología de entre ellos. Gracias a mi curiosidad, encontré mi vocacion. Nunca volví a pedir perdón por ello. Fue entonces, cuando mi madre comenzó a enloquecer. Fue entonces, cuando todo se volvió distinto.
Me bebí de un sorbo el café restante. Aquellos recuerdos se habían vuelto igual de amargos como el líquido que descendía por mi tráquea. El rostro de mi madre enfurecida, día si y día también; el desprecio de mi padre, la repulsión que sentía mi madre hacia mí, todas las veces que me habían llamado “demonio” o “bastardo del mal”… Mi mano comenzó a temblar. Respiré hondo. No debía remover más el pasado, o acabaría por devorar mis entrañas.

Dejé el café a un lado y volví a sentarme en el escritorio. La página continuaba en blanco y me desanimé por ello. ¿Qué esperaba? ¿Que viniera un arcángel e hiciera el trabajo por mí? Tomé la pluma y la mojé en el recipiente de la tinta –si, en pleno siglo veintiuno y seguía escribiendo con pluma y tinta- para seguidamente escribir cómo cabecera: Tesis sobre la demonología, por Ismael Rodríguez. Sonreí. Ya había avanzado algo. Dispuesto a batallarme con aquel trozo de papel, comencé a escribir, cuando varios golpes en la puerta hicieron desaparecer mi adquirida inspiración. Bufé y golpeé la mesa.

-¡¿Quién diablos es?!-grité, sin levantarme.

El principio de calvicie del padre Miguel apareció tras ella. Llevaba las gafas algo torcidas y sus manos huesudas temblaban mínimamente.

-¡No blasfemes de esa manera, muchacho!-dijo, intentando alzar la voz- Esta es la casa del Señor.
-Mira por donde, no me había dado cuenta- respondí, cruzándome de brazos y esbozando una sonrisa. Me había quitado la tan preciada inspiración que necesitaba. No sería amable- Y hablo cómo me da la gana, padre, por algo soy demonólogo. Y puedo blasfemar sobre diablos y demonios todo lo que quiera.

El hombre bufó. Me conocía bien y sabía que yo no daría mi brazo a torcer.

-Como quieras, pero has de venir conmigo. Ha surgido un problema en la sala principal de la iglesia-informó.
-¿Un demonio?-¿para qué iban a llamarlo, si no?
-Ni lo menciones, muchacho-levantó una mano, en señal de advertencia- Pero no. No se trata de un demonio-me agarró por la sotana y me obligó a levantarme, saliendo casi en volandas de mi despacho- Acompañame.

 Emma.2

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