Mostrando entradas con la etiqueta Escucha mi historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escucha mi historia. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de noviembre de 2014

Escucha mi historia II

¡Buenos días a tod@s!


Hoy vengo con otro texto de la iniciativa "Escucha mi historia", en la que debo escribir un relato a partir de una frase de alguna canción. Esta en concreto, es de Malú, una cantante que me encanta^^

"Tienes todos los espacios inundados de tu ausencia, inundados de silencio"
-Malú-

Delicados acordes surgen del vinilo, que gira pausadamente sobre la aguja que acaricia su piel. Por él se escapa una dulce melodía, que se acomoda entre las esquinas y estancias de mi humilde estancia. Pero para mí solo había silencio. Un eco ahogado que me desquebrajaba el alma y me atenazaba el corazón. Me paseé por el piso, con un vaso de coñac en mis temblorosas manos, recordando escenas pasadas, lo que debería de haber y no está, lo que se había perdido por no poder encontrarlo. Ella se había ido, y no volvería a verla jamás. Caí al suelo de rodillas, cansado por la lucha que libraba en mi interior. Su fresco perfume continuaba persistente en cada una de las habitaciones, cómo si de una venganza se tratara, un cruel castigo que debía superar. Cerré los ojos y en silencio, recordé su entrañable mirada de ojos verdes, su pícara sonrisa, su esbelto cuerpo, el delicioso timbre de su risa y su voz melodiosa... Una lágrima cayó entre mis mejillas, silenciosa y muda, hasta que se precipitó contra el frío suelo de madera. Y tras esta, una cascada la precedió, un desfile de lágrimas sigilosas y calladas, descendieron por mi rostro y el cuello, estallé en un llanto mudo y mi pena se escapó entre el eco de mis susurros. Nada vino después, más que silencio. 


Leer más...

jueves, 9 de octubre de 2014

Escucha mi historia I

Aquí llega mi primer "Escucha mi historia". ¡Espero que os guste!

Toda la culpa es del café que me recuerda tu sabor...
-Fito y Fitipaldis.

Las manecillas de mi reloj de noche parecían haberse declarado en huelga, pues estas no parecían avanzar, tan siquiera un solo segundo. Me di la vuelta e intenté conciliar el sueño, pero este me había abandonado varias horas atrás. Todo parecía ir en mi contra, abandonarme cuando más lo necesitaba. Gruñí y a regañadientes, volví de nuevo a la cocina. Ocho veces la había frecuentado aquella noche, y ocho capsulitas de café Nespresso descansaban sobre la encimera. Repetí la rutina nocturna: Saqué una capsulita, agarré la taza usada del café anterior y la coloqué bajo la obertura de la cafetera; inserté la capsulita y le di al play. El café humeante comenzó a llenar la taza y un olor agridulce inundó mis fosas nasales. Agridulce cómo él, mi tormento nocturno. Cuando la maquina paró, me llevé la taza a los labios, soplé y bebí largos tragos. El calor del café comenzó a invadir mi cuerpo, otorgándome el calor que tanto ansiaba, un calor que sólo me podía regalar él. Pero por desgracia, tuve que conformarme con lo que tenía. Di otro largo trago, y sucumbí al dulce sabor que permanecía en mi paladar con cada sorbo. Tan dulce como el sabor de su piel. Una lágrima se escapó entre mis mejillas, pero no la detuve. Me acerqué al ventanal que había en la cocina y me perdí en el exterior que reflejaba e inconscientemente, recordé el fragmento de una canción que me encantaba:

-Toda la culpa es del café...-dije, mirando el fondo de mi taza-...que me recuerda a tu sabor.




Leer más...